Un amigo uruguayo me pasó, durante el fin de semana de Carnaval, un gol muy particular ocurrido durante la fecha del campeonato de ese país. Defensor Sporting visitaba a Rampla Juniors, en el particular Estadio Olímpico del club picapiedra, y en el primer minuto de partido Nicolás González, delantero del viola, inventó un gol que de haberse dado en otras circunstancias (por otro jugador, en un contexto más visible, con mayor repercusión y rebote, digamos) hubiese recorrido el mundo: González esperó el centro, que venía lanzado al área desde lejos, cruzando la cancha en diagonal, sin muchas chances de bajarla por la curva del balón que agarró efecto, estira la cabeza inútilmente, la pelota cae en el pie del defensor que la rebota, casi sin querer hacia el arquero... Al caer la pelota, ante la lenta reacción del guardameta, González —que se había dado vuelta en el aire mientras intentaba dar con el útil— se ilumina y, dando un corcoveo, saca el tacazo que termina dentro de la red. Ese gol de Defensor, que luego ganaría 0-2 a Rampla, es "El Gol de Taco en el Olímpico" (si es recogido por los historiadores del fútbol en algún momento): ese estadio que carece de una tribuna y el lateral de la cancha linda —sin mediar más que un discreto muro— con el mismísimo Río de la Plata.
El video es tan simple como poco emotivo, en las líneas anteriores lo cierto es que me dejé llevar: vean el tacazo con sus propios ojos, la tristeza de la tarde frente al río, la torpeza del arquero al salir, la repentización del delantero para hacer su gol que (por más esfuerzo que pongamos) va a pasar eternamente al olvido.
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Este recuerdo reciente llevó a otro más lejano, charlando con mi amigo a quien vamos a llamar A.T., o digamos a uno muchísimo más lejano (y que no tiene nada que ver, salvo lo extraño), de esos que sí está "en los libros de historia" y compone una de las páginas más particulares del gran clásico uruguayo de siempre: Nacional y Peñarol. El suceso es conocido como "El Gol de la Valija".
Allá por 1933 el torneo uruguayo terminó con un empate en el primer lugar: Peñarol y Nacional debían enfrentarse en una final (no sabían que, luego, por las décadas de décadas, esas finales serían continuamente repetidas, hasta llegar a la ridiculez y el hartazgo que son hoy las finales de finales de la final del torneo final de la finalización del apertura o el clausura, en el fútbol uruguayo) para dirimir al campeón.
El primer partido (sí, hubo más de uno) se jugó recién el 27 de mayo de 1934, por supuesto en el Estadio Centenario. Iba 0-0 hasta que, a los 70 minutos, un remate de Peñarol sale junto al palo y vuelve al campo de juego tras rebotar en la valija de madera del kinesiólogo de Nacional, Juan Kirschberg, terminando en los pies de Braulio Castro que marcó el gol. Los jugadores de Nacional reclamaron al juez con de todo y el desfalco fue impresionante. José Nasazzi (legendario zaguero oriental, campeón mundial y bicampeón olímpico), Juan Labraga y Ulises Chifflet —todos de Nacional— fueron expulsados por el árbitro Telésforo Rodríguez, que terminó golpeado en la enfermería (dice la leyenda que por una piña de Nasazzi) y rehusando continuar el encuentro.
El accidentado match seguiría pero arbitrado por el juez de línea Luis Scandroglio, quien tras algunos minutos lo terminaría por falta de luz natural. La pelea siguió en los escritorios (que no nacieron en el Siglo XXI), donde se anuló la expulsión de Chifflet y el gol marcado por Peñarol, y el partido no se completaría hasta el 25 de agosto de 1934 (recordemos siempre que era el desempate de 1933). En la reanudación Nacional jugó con dos hombres menos, en lo que se conoce en la historia térmica (de termo) como "el clásico de los nueve contra once": se completaron los 20 minutos faltantes, y se jugaron dos alargues de treinta minutos cada uno. El partido seguía 0-0 y así finalizó.
No solamente aquel día fue 0-0 ya que, en un nuevo desempate, el 2 de septiembre (y ya once contra once) volvieron a igualar sin goles. Un embole interminable.
Por último (¡y por fin!), el 18 de noviembre de 1934 se jugó el partido en el que Nacional venció 3-2 a Peñarol, con un triplete del "Divino Manco" Héctor Castro, obteniendo así el primer título profesional del club (ya tenía varios de la era amateur), y dando por finalizada una final tan extensa como ridícula e histórica, en la que una valija fue protagonista.
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Ah, no puedo cerrar esta página sin algunas palabras sobre Héctor Castro: goleador celeste de tantos siempre importantes; obtuvo su apodo tras un accidente con una sierra eléctrica en la que perdió el antebrazo derecho, a la edad de 13 años; marcaría el primer gol de Uruguay en la historia de los Mundiales, en el 1-0 sobre Perú disputado el 18 de julio (sí, justo en la fecha patria oriental) de 1930 en el Estadio Centenario; también sería autor del último tanto charrúa en la final contra Argentina, poniendo el 4-2 con un cabezazo en el minuto 89; jugó los Juegos Olímpicos de Ámsterdam en 1928, también siendo campeón, y levantó dos títulos de Copa América en Chile 1926 y Perú 1935; ocupa el 7º puesto de la tabla histórica de goleadores del campeonato uruguayo de primera división con 107 goles en 181 partidos (promedio de 0,59).
No me acuerdo de qué otras tantas cosas terminamos charlando con mi amigo A.T. pero el recorrido iniciado por el gol de taco de hace unos días que nos llevó hasta el "Divino Manco" Castro y los goles del Mundial de 1930 bien valió la pena.
El final es con una foto que retrata la estampa de Héctor Castro, siempre dispuesto al gol, y un video sobre el Mundial de 1930 con imágenes en notables condiciones, en las que se ve hasta el 4-2 del "Manco" desde ángulo invertido (una proeza para la época, sin dudas).
El video es tan simple como poco emotivo, en las líneas anteriores lo cierto es que me dejé llevar: vean el tacazo con sus propios ojos, la tristeza de la tarde frente al río, la torpeza del arquero al salir, la repentización del delantero para hacer su gol que (por más esfuerzo que pongamos) va a pasar eternamente al olvido.
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Este recuerdo reciente llevó a otro más lejano, charlando con mi amigo a quien vamos a llamar A.T., o digamos a uno muchísimo más lejano (y que no tiene nada que ver, salvo lo extraño), de esos que sí está "en los libros de historia" y compone una de las páginas más particulares del gran clásico uruguayo de siempre: Nacional y Peñarol. El suceso es conocido como "El Gol de la Valija".
Allá por 1933 el torneo uruguayo terminó con un empate en el primer lugar: Peñarol y Nacional debían enfrentarse en una final (no sabían que, luego, por las décadas de décadas, esas finales serían continuamente repetidas, hasta llegar a la ridiculez y el hartazgo que son hoy las finales de finales de la final del torneo final de la finalización del apertura o el clausura, en el fútbol uruguayo) para dirimir al campeón.
El primer partido (sí, hubo más de uno) se jugó recién el 27 de mayo de 1934, por supuesto en el Estadio Centenario. Iba 0-0 hasta que, a los 70 minutos, un remate de Peñarol sale junto al palo y vuelve al campo de juego tras rebotar en la valija de madera del kinesiólogo de Nacional, Juan Kirschberg, terminando en los pies de Braulio Castro que marcó el gol. Los jugadores de Nacional reclamaron al juez con de todo y el desfalco fue impresionante. José Nasazzi (legendario zaguero oriental, campeón mundial y bicampeón olímpico), Juan Labraga y Ulises Chifflet —todos de Nacional— fueron expulsados por el árbitro Telésforo Rodríguez, que terminó golpeado en la enfermería (dice la leyenda que por una piña de Nasazzi) y rehusando continuar el encuentro.
El accidentado match seguiría pero arbitrado por el juez de línea Luis Scandroglio, quien tras algunos minutos lo terminaría por falta de luz natural. La pelea siguió en los escritorios (que no nacieron en el Siglo XXI), donde se anuló la expulsión de Chifflet y el gol marcado por Peñarol, y el partido no se completaría hasta el 25 de agosto de 1934 (recordemos siempre que era el desempate de 1933). En la reanudación Nacional jugó con dos hombres menos, en lo que se conoce en la historia térmica (de termo) como "el clásico de los nueve contra once": se completaron los 20 minutos faltantes, y se jugaron dos alargues de treinta minutos cada uno. El partido seguía 0-0 y así finalizó.
No solamente aquel día fue 0-0 ya que, en un nuevo desempate, el 2 de septiembre (y ya once contra once) volvieron a igualar sin goles. Un embole interminable.
Por último (¡y por fin!), el 18 de noviembre de 1934 se jugó el partido en el que Nacional venció 3-2 a Peñarol, con un triplete del "Divino Manco" Héctor Castro, obteniendo así el primer título profesional del club (ya tenía varios de la era amateur), y dando por finalizada una final tan extensa como ridícula e histórica, en la que una valija fue protagonista.
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Ah, no puedo cerrar esta página sin algunas palabras sobre Héctor Castro: goleador celeste de tantos siempre importantes; obtuvo su apodo tras un accidente con una sierra eléctrica en la que perdió el antebrazo derecho, a la edad de 13 años; marcaría el primer gol de Uruguay en la historia de los Mundiales, en el 1-0 sobre Perú disputado el 18 de julio (sí, justo en la fecha patria oriental) de 1930 en el Estadio Centenario; también sería autor del último tanto charrúa en la final contra Argentina, poniendo el 4-2 con un cabezazo en el minuto 89; jugó los Juegos Olímpicos de Ámsterdam en 1928, también siendo campeón, y levantó dos títulos de Copa América en Chile 1926 y Perú 1935; ocupa el 7º puesto de la tabla histórica de goleadores del campeonato uruguayo de primera división con 107 goles en 181 partidos (promedio de 0,59).
No me acuerdo de qué otras tantas cosas terminamos charlando con mi amigo A.T. pero el recorrido iniciado por el gol de taco de hace unos días que nos llevó hasta el "Divino Manco" Castro y los goles del Mundial de 1930 bien valió la pena.
El final es con una foto que retrata la estampa de Héctor Castro, siempre dispuesto al gol, y un video sobre el Mundial de 1930 con imágenes en notables condiciones, en las que se ve hasta el 4-2 del "Manco" desde ángulo invertido (una proeza para la época, sin dudas).